sábado, 6 de octubre de 2007

La tortura y la Iglesia

Christian Von Wernich y la Doctrina Católica contra la Tortura.

El Magisterio de la Iglesia considera la práctica de la tortura como “pecado grave o mortal” similar al homicidio, una clara violación del llamado Quinto Precepto (“No Matarás”) del derecho natural. Esta posición se sustenta precisamente en el documento central del Concilio Vaticano II Gaudium et Spes (7 de diciembre, 1965) -párrafo 27, donde encontramos esa condena inequívoca a las “torturas morales o físicas”:

“Cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado-; cuanto viola la integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes, degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador”.

Esa declaración no admite discusión porque la teología católica reconoce a los concilios de la Iglesia como su máxima autoridad cuando los obispos de todo el mundo, conjuntamente con el Papa, obispo de Roma, hacen un pronunciamiento solemne. De hecho en algunas diócesis de Chile, México y Argentina (Viedma y Neuquén), durante los años los setenta y ochenta, hubo decretos de excomunión para aquellas personas que participaron en actos de tortura, actos que en muchos casos equivalen a cometer un “pecado mortal” de confesión reservada al obispo.

Cristian Von Wernich, como ministro de la Iglesia, específicamente, capellán de la Policía, debería haber sabido de esta doctrina pero eligió ignorarla y se hizo partícipe de crímenes atroces, provocando un verdadero escándalo entre los que lo vieron actuar entonces y también hoy entre los feligreses y el pueblo argentino en general que siguen con atención los testimonios en el juicio oral y público de La Plata, cuya etapa testimonial termina el 13 de setiembre de 2007.

Surgen entonces varios interrogantes sobre las actuaciones pastorales de Christian Von Wernich: ¿Cómo podía celebrar dignamente el sacramento de la Penitencia con personas secuestradas y torturadas en un centro clandestino de detención? ¿Cómo podía confesar a personas encapuchadas, a veces maniatadas, sin bañarse ni comer durante días, cubiertas de sangre, tiradas en el suelo, desesperadas? ¿Buscaba algún espacio privado y decoroso donde el detenido podría sentirse digno y libre? ¿Qué hacía Christian Von Wernich para denunciar a sus superiores las situaciones inhumanas que veía todos los días? ¿Qué hacía el superior para supervisarlo como era su obligación canónica como obispo?

En su propia defensa Von Wernich utiliza el “secreto” de la Confesión para no declarar. Sin embargo según los sobrevivientes, su empeño al dar consejos espirituales fue torcer la voluntad de los presos clandestinos en abierta complicidad con los torturadores. Esta actividad no puede considerarse nunca como asistencia espiritual.

Además, si esas personas se confesaban y el sacerdote ahora enjuiciado transmitía a los captores la información obtenida, ¿no estaba transgrediendo el mismo “secreto” que ahora pretende usar en su defensa?

Su única declaración en el juicio hasta el momento fue el intento de desacreditar a un testigo revelando supuesta información confidencial recibida de uno de sus feligreses, el condenado torturador ex comisario Miguel Etchecolatz. Este hecho por sí mismo arroja la sospecha de que Von Wernich no tiene reparos en revelar confidencialidades cuando le conviene.

Según las evidencias surgidas de la causa, Christian von Wernich estuvo presente libremente como sacerdote capellán en varios centros clandestinos donde se practicaban la detención arbitraria y la tortura, y tuvo una interacción fluida con las personas detenidas-desaparecidas allí. No sólo sabía de las ejecuciones ilegales que perpetraba la policía sino que en reuniones informales del clero reivindicaba las “bajas de subversivos” como victorias patrióticas.

Lejos de rechazar tales prácticas se hizo partícipe de la tortura al presionar a las víctimas con el fin de que hablasen para no sufrir más. Abusó de la confianza vertida en él por las familias de varias victimas, todas jóvenes, cuando prometió salvar las vidas de sus seres queridos. Inclusive hay informes que lo involucran en extorsiones por dinero. Luego en el momento de producirse la supuesta libertad, los abandonó a su suerte: inmediatamente estos jóvenes fueron nuevamente desaparecidos y presuntamente asesinados por los mismos efectivos de las fuerzas de seguridad a las que él servía como capellán. Sin su activo concurso, graves crímenes como la tortura y el homicidio político no hubieran sido posibles, o por lo menos no se hubieran cometido del modo en que fueron hechos.

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