martes, 13 de noviembre de 2007

Evangelio vs desequilibrio social



Extracto de la entrevista realizada por Patricia Oviedo al Teólogo de la Liberación José María Castillo

"El modelo de Iglesia que se está practicando no va a ninguna parte. La conciencia de la gente evoluciona en un sentido que va en contra de la evolución de la Conferencia Episcopal, que tiene una manera contradictoria de concebir la presencia de la religión en la sociedad".
-¿Cuál es esa contradicción?
-Por una parte, predica el Evangelio en las misas cada domingo y, por otra, cae en manos de la derecha política y se sube al carro de quienes producen el desequilibrio social en el que vivimos. Aunque los obispos se empeñen en decir lo contrario, basta con conectar cada mañana la COPE. Esta emisora, a fin de cuentas, está costeada y consentida por los obispos. Mienten, insultan, crean crispación y división entre los ciudadanos. Luego dicen: «Es que también los otros lo hacen», pero no lo hacen costeados por una institución religiosa.

-¿Es la Iglesia católica una institución de poder?
-La Iglesia nació como un grupo marginal, y en el momento en que los emperadores la asumieron como oficial empezó a deteriorarse. El Papa ha sido durante siglos jefe religioso y jefe de Estado y ha ejercido un poder increíble en cientos de millones de personas. En el siglo XVIII, con la Ilustración, la religión ya no ocupa el centro de la sociedad y el Papa es desplazado. Ahí comenzó el proceso de magnificación del Papado, que alcanzó su culmen con Juan Pablo II, con el descubrimiento de los viajes y las concentraciones masivas. La institución eclesiástica ha necesitado siempre ser el centro de la sociedad.

-¿Habrían consentido los cristianos primitivos esa forma de estar presentes en la sociedad?
-No, y es que Jesús no entiende el poder como la autoridad de los que mandan y someten a la gente, sino como la de los que por su ejemplo atraen a la gente. Los obispos, por su ejemplo, no atraen a casi nadie y echan mano de otros argumentos, como el poder divino y el santísimo nombre de Dios, para atemorizar, rechazar, dividir, excluir... Jesús no excluyó ni a Judas en la última cena.

-¿Reconoce el pecado y la culpa como sentimientos cristianos?
-El pecado está en la tradición judía, y de ahí lo tomó Jesús, pero no un pecado como actualmente se entiende. Se puede comprender como mancha, como algo que ensucia y contamina. Esto es pura magia. También se puede entender como culpa, y no fue Jesús quien habló de culpa, porque la culpa es una experiencia humana universal. El único pecado posible es la ofensa a Dios, que no es otra que el daño a uno mismo o el daño al prójimo. No existe más pecado que éste.
-En los países más desarrollados ha habido un descenso rápido y profundo de la fe cristiana. ¿Cómo explica que esto no ocurra en lugares con mayor índice de pobreza?
-Hay una frase que dice: En las trincheras no hay ateos». Cuando el peligro llega, la necesidad de creer en algo acude espontáneamente. Lo explico como una cuestión de seguridad e inseguridad. En el mundo desarrollado aparentemente no nos sentimos inseguros de nada.

-¿Hay una crisis de personal en la Iglesia?
-Sí, y la jerarquía tiene derecho a poner ciertas condiciones para ordenar a la gente, pero los fieles también tienen derecho a recibir los santos sacramentos, y la Iglesia está transgrediendo este derecho. En una ocasión conocí a un jesuita francés que era párroco de cuarenta parroquias.

-¿Hubiera podido surgir la teología de la liberación en Europa?
-No creo que hubiera sido posible. La teología de la liberación no fue escrita por pobres, pero sí por personas que estaban en contacto con los más pobres. Hay dos maneras de hacer teología: una inductiva, que predica «yo tengo la revelación», y otra deductiva, que primero observa cómo vive la gente y después acude a la palabra de Dios para ver qué puede hacer, cómo lo puede entender y solucionar. Eso es lo más importante de la teología de la liberación.

-Los teólogos y sacerdotes adscritos a esta teología han sido acusados de marxistas e incluso de ateos.
-Porque el nuevo método de teología ha asustado a Roma: una Iglesia no pensada desde sus principios e intereses, sino pensada desde las necesidades de la gente, cambiaría inevitablemente las cosas.

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