sábado, 15 de diciembre de 2007

¿Bastará con abolir la CIA?

Parece bastante improbable que el presidente George W. Bush se haya enterado del National Intelligence Estimate sobre las ambiciones nucleares de Irán pocos días antes que el resto de nosotros, pero su desventurado porte sugirió que pudo, en efecto, haber dicho la verdad.

Después de todo, si el gobierno hubiera sabido a tiempo que los mullas habían oprimido el botón de pausa en su programa a finales de 2003, habría estado en condiciones de formular la declaración, probablemente verdadera, de que el derrocamiento de Saddam Hussein había impresionado a los iraníes de un modo muy similar a como persuadió a los libios y los hizo reconsiderar su disposición a seguir burlándose del Tratado de No Proliferación Nuclear.

Nadie parece estar totalmente seguro sobre qué hizo que los servicios de inteligencia revirtieran su opinión, pero parece bastante posible que la defección y/o secuestro del general Ali Reza Asgari, el ex viceministro de Defensa de Irán, en febrero, tuvo algo que ver con eso. De manera ostensible, el principal trabajo de Asgari era servir de enlace con Jezbolá en el Líbano, pero su interrogatorio podría haber ayudado a confirmar conjeturas preexistentes sobre la decisión del gobierno de Teherán de frenar sus ambiciones nucleares.

Es completamente falso sostener, con base en la evaluación de las 16 agencias de inteligencia de Estados Unidos, que Irán ha dejado de apetecer su incorporación al “club” nuclear. Tiene el deseo de adquirir el armamento, retiene los medios para hacerlo y ha sido pescado mintiendo y embaucando sobre el proceso. Si suspendió algo de los elementos abiertamente militares a raíz de una justificable aprehensión en 2003, ha persistido enérgicamente en los aspectos implícitos —en especial la instalación de centrifugadoras en la planta de Natanz y la construcción de un reactor de agua pesada en Arak—.

Todo lo que la evaluación ha hecho es sugerir una distinción sin mucha diferencia entre una dimensión “civil” y otra “militar” del mismo programa. La adquisición de uranio enriquecido y plutonio, para cualquier propósito, es idéntica a la adquisición de capacidad para fabricar armas termonucleares. Irán continúa esforzándose en producir ambos, ninguno de los cuales es requerido para sus necesidades civiles de energía.

La sesión de información que me dio la Embajada británica en Teherán en 2005, mostrando la discrepancia entre lo que Irán afirma y lo que Irán hace, no es en absoluto cuestionada por las conclusiones más recientes. Decir que Irán ha “detenido”, en vez de decir que ha hecho una pausa en su programa, es ofrecer una opinión, no presentar un hallazgo. Los mullas están acumulando los ingredientes de uranio y plutonio para un arma y seguramente muy pronto estarán en capacidad de hacer una pausa, junto con otros países, como Japón, en el punto donde solamente un breve interludio y un rápido esfuerzo los pondría en total posesión de la bomba.

¿Por qué, entonces, los servicios de inteligencia ayudaron a dar a la mentirosa teocracia iraní la apariencia de un visto bueno, mientras que de manera simultánea y pública avergonzaban al Presidente e incapacitaban su política?

No es solamente un hipotético ataque a Irán lo que se vuelve casi imposible por esta última evaluación, sino también la eventualidad de cualquier presión diplomática o económica concertada. El propósito de conseguir que la ONU adoptase sanciones contra el régimen, que estaba a punto de obtener votos cruciales, puede ahora estar clínicamente muerto. Un muy buen día de trabajo por parte de aquellos que aseguran protegernos mientras dormimos.

Una explicación es que, como el gato de Mark Twain, que tras sentarse en una estufa templada nunca más se sentó en una fría, la CIA ha adoptado la política de la precaución para compensar su vergonzoso pronóstico sobre Irak. Esta es una hipótesis superficialmente plausible, que ignora el hecho de que durante la mayor parte del debate sobre Irak, la CIA fue abiertamente hostil a cualquier discusión sobre la necesidad de un cambio de régimen en Bagdad. Esta hostilidad se extendió desde un frenético intento por desacreditar a Ahmad Chalabi y al Congreso Nacional Iraquí, hasta el lío que envolvió a la ex funcionaria de la CIA Valerie Plame-Wilson. La hostilidad interagencias en Washington entre la CIA y el Pentágono nunca ha sido tan perjudicial para un gobierno, para no mencionar uno en tiempo de guerra, como lo ha sido para éste.

Y ahora tenemos aún más confirmaciones de la asombrosa cultura de ilegalidad e insubordinación que continúa prevaleciendo en los más altos niveles de la CIA. En un momento en que el Congreso y los tribunales están conduciendo importantes audiencias sobre la crítica cuestión de los interrogatorios extremos y en que las acusaciones de tortura están ayudando a desacreditar a Estados Unidos alrededor del mundo, un alto funcionario de la CIA toma la decisión unilateral de destruir evidencia crucial. Esto merece ser descrito como lo que es: motín y traición.

La CIA cree que tiene el derecho de subvertir el proceso democrático en el extranjero y en casa. Su criminalidad y arrogancia podrían tal vez ser parcialmente disculpadas si alguna vez hubiera acertado en algo. Pero desde la predicción sobre la supervivencia indefinida de la Unión Soviética hasta la negación de que Saddam Hussein iba a invadir Kuwait, nuestros superespías tienen un récord similar al del inspector Clouseau.
Y ahora han obtenido otro galardón, al exculpar al presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad.

Fue después de una grotesca evaluación de una continua salud y prosperidad soviéticas que el fallecido senador Daniel Patrick Moynihan sostuvo que la CIA debía ser abolida. Ha llegado el momento para que esta propuesta se reviva. El sistema, peor que inútil, es una positiva amenaza. Necesitamos abolir el asunto y comenzar de nuevo.

* Célebre periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes y por su aguda ironía y su agudeza intelectual. / c.2007 WPNI Slate.

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