jueves, 20 de diciembre de 2007

Gadafi y José María Aznar (como si nada)

Con el permiso de la autoridad competente (la suya, porque si quiere, según las autoridades españolas, podía haber prolongado el viaje), y si el tiempo no lo impide, anoche abandonó España Muamar el Gadafi, después de una visita oficial en la que ha comido marisco con el ex presidente José María Aznar y su esposa Ana Botella en su jaima instalada al lado de una piscina en un hotel de Alcalá de Guadaira; ha cenado cordero lechal con el presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero; ha oído flamenco en Sevilla y Málaga y ha acompañado con palmitas las bulerías de los cantaores y bailaoras; ha repartido dátiles a diestro y siniestro; ha vendido la moto a los empresarios españoles sobre las posibilidades económicas de su país; ha firmado un contrato privilegiado con el empresario de la Moncloa Luis del Rivero, el hombre de Sacyr, para desarrollar obras de infraestructuras en el país norteafricano; ha paseado por la alfombra roja del Palacio de la Moncloa y, hasta se ha sentado a almorzar y a “dialogar” con Su Majestad el Rey en el Palacio del Pardo.

No se sabe si, a cambio de todo y, a cambio, sobre todo, de los posibles accesos de empresarios españoles a contratos por más de doce mil millones de dólares, habrá pedido algún favor (por supuesto, urbanístico) para la finca de 67 kilómetros cuadrados que tiene en la Costa del Sol, entre los municipios de Banahavia, Estepona, Pujerra y Juzcar, y donde está previsto construir una gran urbanización con hoteles de cinco estrellas y varios campos de golf.

La verdad es que la visita a España del dictador que lleva en el poder en Libia treinta y ocho años ha transcurrido sin que nadie le haya recordado sus violaciones de los derechos humanos, sus antiguas veleidades de apoyo al terrorismo, su financiación de todo tipo de movimientos políticos desestabilizadores, ni siquiera su siniestra participación en el atentado de Lockerbie, en el que murieron 270 personas.

Como, después de reconocer su participación en el atentado, pagó las correspondientes indemnizaciones, la comunidad internacional, especialmente Estados Unidos, le sacó de las listas del terrorismo internacional y, en su momento, encargó a José María Aznar que, en el nombre del Imperio, le diera el primer abrazo, en Libia, en su jaima. Instalada en el desierto, cerca de Trípoli.

En contraste con su viaje a Francia, donde también ha firmado contratos por más de diez mil millones de euros, aquí no ha habido la menor muestra de desagrado por una visita oficial que debería indignar a todo demócrata, ni se la he recordado, siquiera, en ninguno de los discursos oficiales, la importancia que supone el respeto a los derechos humanos, en un país que se ha convertido en una finca del líder de una revolución caduca y dictatorial.

Aquí todo han sido agasajos, flamencos, batas de cola y mucha jaima, gracias a la firma de un acuerdo de protección recíproca de inversiones, dos memorandos de colaboración económica y de defensa y una declaración política.

Si recordamos lo que se ha dicho, lo que se ha escrito, lo que se ha debatido sobre el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, al que se le ha llamado de todo y al que se le ha recordado todos sus excesos, a raíz del incidente en le Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile (“¿Por qué no te callas”?), y lo comparamos con la actitud que se ha observado, tanto en círculos políticos como mediáticos, con Gadafi, habrá que concluir que siempre hay dos varas de medir y que en la política exterior mandan los intereses económicos y no los principios ideológicos o morales.

En este caso, los dos principales partidos políticos (el PSOE y el PP) han observado un silencio sobre los excesos del libio, silencio que no han observado con el venezolano a pesar de que éste ha sido elegido democráticamente en unas elecciones, que ha convocado un referendo y lo ha perdido y que no ha llegado a la intemperancia en la que ha incurrido el libio con su jaima, sus vírgenes protectoras, sus violaciones del protocolo y sus excesos…
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