viernes, 15 de febrero de 2008

Idioteces cometidas impunemente

Una de las perspectivas que más aterra de un tercer período presidencial de Álvaro Uribe es la consolidación del régimen de impunidad política que cobija a sus altos colaboradores.

Decía Chateaubriand: "Hay tiempos en que una pequeña falta hace caer a un ministro; hay otros en los que las mayores idioteces se cometen impunemente." Ni que don René hubiera vivido estos tiempos de Colombia, en los cuales el jefe del Estado interpreta la popularidad como licencia para amparar a los funcionarios que cometen errores e idioteces.

La lista es gorda.

Resulta inexplicable, por ejemplo, que continúe tan orondo al frente del Ministerio del Interior y Gobierno quien prácticamente justificó el linchamiento verbal -que habría podido ser físico- de Piedad Córdoba, a la que deben ofrecer las autoridades la protección que garantizan las normas constitucionales. Lejos de hacerlo, el ministro Carlos Holguín señaló: "Cuando uno expresa opiniones como las de la senadora Córdoba contra su país y contra el Gobierno, naturalmente alguien reacciona para manifestar su repudio". Extendida semejante licencia de cacería, de nada valen posteriores y tibias admoniciones sobre los derechos de la señora Córdoba. En cualquier país serio, esa misma tarde el Ministro habría renunciado o lo habrían destituido. Pero no en este. Aquí, "las mayores idioteces se cometen impunemente".

Ni qué decir de Juan Manuel Santos, que, siendo jefe de la campaña reelectoral uribista, acusó al político liberal Rafael Pardo de tener vínculos con las Farc. Sindicación tan peligrosa y falsa fue premiada con el Ministerio de Defensa. (Bueno: Uribe mismo suele hacer lo mismo con sus opositores de izquierda). Una vez allí, ha incurrido en otras metidas de pata: los "falsos positivos", la revelación de un decomiso de coca en cantidades inexactas ("por culipronto"), los ostensibles movimientos para comprar armas en momentos en que parecían justificar las alocadas alarmas bélicas de Chávez... Pero Uribe solo le tolera todo.

En los últimos tiempos, el ministro de Transportes, Andrés Uriel Gallego, incurrió en dos estrepitosas metidas de pata. Primero, la licitación de El dorado, convocada para un proyecto tan precario que el propio Uribe tuvo que salir a rectificarlo. La enmienda, con la licitación ya adjudicada, costará un dineral al Estado. Segundo, el túnel de La Línea, una obra tan mal manejada, que acaba de fracasar su tercera licitación. El Ministro continúa, sin embargo, fresco cual jazmín y rosario en mano, porque en este Gobierno "las mayores idioteces se cometen impunemente".

Las más recientes corresponden a un especialista en salidas en falso, el ministro de Agricultura, Andrés Felipe Arias. No solo hizo gala de la más primitiva terquedad al presentar al Congreso un proyecto de Ley Forestal jurídicamente viciado desde sus comienzos (tumbado por la judicatura), sino que destinó a contratistas e industriales particulares 17.000 hectáreas de los Llanos asignadas a desplazados de la violencia. ¿Cómo puede este Ministro seguir mirando al mundo con pedante desdén después de semejantes barbaridades?

Ante fallos tan graves, otros resultan incluso divertidos, como la propuesta del vicepresidente Pacho Santos de atrapar, capturar y meter en la cárcel al alcalde de Maracaibo (Venezuela) por apoyar a las Farc. Menos graciosa es la afirmación del comandante de las Fuerzas Armadas, general Freddy Padilla, cuando dijo públicamente que la actitud de la mamá de Íngrid Betancourt constituye el mayor obstáculo para liberarla. Se equivoca, por supuesto: ese obstáculo son las Farc.

Lo más protuberante de las últimas horas ha sido una declaración del asesor presidencial José Obdulio Gaviria según la cual la marcha del 6 de marzo contra los paramilitares fue convocada por las Farc. Semejante atrocidad merece renuncia, pero el mentor del Presidente está vinculado por contrato con un tercero, ya que en la uribocracia de elástica duración, "las mayores idioteces se cometen impunemente".

cambalache@mail.ddnet.es
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