sábado, 22 de marzo de 2008

“La CIA nos lo enseñó todo... cómo matar y hacer bombas”



El químico Luis Posada Carriles, de 76 años, huele a pólvora y muerte desde la fallida invasión a Cuba por Bahía de Cochinos, en el año 1961. Tiene la mandíbula desarticulada y la cicatriz de un balazo junto al corazón, porque en el negocio del plomo se da y se recibe. Proclamándose patriota contra la tiranía castrista, adiestrado por Estados Unidos en el cebo liberador, colocó una bomba en una nave de Cubana de Aviación, en 1976 y asesinó a sus 73 pasajeros.

“La CIA nos lo enseñó todo... todo. Cómo matar, hacer bombas... nos entrenaron en actos de sabotaje”, declaró, hace seis años, al diario The New York Times. “Castro no cambiará nunca. Nuestro trabajo es proveer inspiración y explosivos al pueblo cubano.”

El suministro de inspiración y explosivos durante decenios fue insuficiente para detonar la sublevación popular en la mayor de las Antillas, y Posada y tres cómplices de la ultraderecha en el exilio de cruento perfil prepararon el magnicidio en la Cumbre Iberoamericana de Panamá, hace cuatro años: harían estallar una carga bajo el trasero del sátrapa, durante un discurso universitario, y después descorcharían el champán y la insurrección pendiente. Pero los espías cubanos les pisaban los talones y alertaron al gobierno panameño, que los detuvo. Fueron condenados a siete y ocho años de cárcel. La presidenta Mireya Moscoso, conservadora, negó su extradición a Cuba y los indultó. La Habana rompió las relaciones diplomáticas.

El socialdemócrata Martín Torrijos asume mañana la presidencia del país dispuesto a reanudarlas: “Los delitos indultados eran extremadamente graves: terroristas”. La lucha contra la dictadura cubana, según reiteró siempre Posada, todo lo justifica: desde la asociación con el hampa y asesinos, hasta la voladura en pleno vuelo del avión que trasladaba a casa a los compatriotas deportistas, entre ellos el equipo juvenil de esgrima.

“Yo soy un combatiente por la libertad.” Lo ayudó en aquel combate aéreo Orlando Bosh, su émulo en una cruzada, que aprendió las cuatro reglas en la Doctrina de la Seguridad Nacional de Estados Unidos de los sesenta y en los cuarteles de Fort Benning y Tampa. “Cuando los cubanos trabajaban para la CIA los llamaban patriotas.” “Actos de sabotaje” era el término que usaban para clasificar este tipo de operación. Ahora lo llaman terrorismo.

“Los tiempos han cambiado. Fuimos traicionados.” Posada se siente estafado porque Washington no atiende el eje de su propuesta política: el lanzamiento de una bomba nuclear sobre el malecón habanero y la instauración de una verdadera democracia. Lo demás son mariconadas.

Veterano de la Brigada 2506 de Bahía Cochinos, nada lo arredra. Las autoridades cubanas lo implican en los más de 50 ataques, secuestros, asesinatos y cartas bomba contra funcionarios, embajadas y propiedades cubanas en Argentina, Perú, México, Brasil, Costa Rica y Ecuador. También, en los atentados dinamiteros de 1997 contra varios hoteles de La Habana, en los que murió un turista italiano. “De todo lo que ocurra en Cuba, me culpan a mí. Si yo hubiera hecho todas las cosas que dicen que hice sería un monstruo”, dijo a la agencia France Presse, hace tres años. Previamente, había alardeado sobre su participación, directa o indirecta, en casi todo. “Hay que usar la fuerza”, declaró.

Nacido en Ciego de Avila (Cuba) perdió sus negocios con el triunfo de la revolución de 1959 y juró venganza. Vinculado a partir de 1961 a la Fundación Cubano Americana de Miami, que supuestamente financió su fuga de una cárcel venezolana, en el año 1985, ha trabajado para la CIA y para los servicios secretos de Venezuela, Guatemala, El Salvador, Chile y Argentina.

Por Juan Jesús Aznarez *
Desde México

* De El País de Madrid.
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