lunes, 8 de diciembre de 2008

Congo, la maldita riqueza


El recrudecimiento del conflicto en la República Democrática del Congo demuestra la perseverancia de los intereses militares y económicos de Occidente, la inoperancia de las fuerzas de paz de la ONU y el desastre humanitario en un país cuyas riquezas naturales se han vuelto una maldición.

Debe ser frustrante vivir en un país rico, cuya riqueza sea precisamente la causa de la pobreza y de la tragedia humana.

Tal realidad es desafortunadamente usual en África, donde la abundancia de recursos naturales no se traduce en progreso y desarrollo para las grandes mayorías, sino en desplazamientos, muerte, enfermedades y guerra. Lo que está sucediendo ahora en la República Democrática del Congo es otro fotograma de esa larga película.

Especialistas y entendidos, por mucho que expliquen, no pueden reflejar en toda su magnitud el drama del genocidio; la supervivencia de miles de seres humanos en los campos de refugiados sin agua potable, en condiciones de hacinamiento y rapiña; de los niños empuñando armas para matar y morir, y de la mueca cadavérica de una mujer deshidratada por el cólera. Un drama al que se vincula el conflicto bélico —otro más en África— entre el ejército congolés y las fuerzas rebeldes del general Nkunda.

Esa confrontación es más que choque armado entre facciones rivales y amerita recordar un poco la historia de los conflictos en tierra congoleña, que deberían llenar de vergüenza a toda la humanidad.

A continuación un reporte especial sobre el desplazamiento de los congoleses y la tragedia que viven desde mediados de este año:



Asonadas y traiciones matizaron la vida del antiguo Congo belga desde que se independizó de su metrópoli europea, en 1960. Cinco años después de la independencia, un general fiel a las apetencias imperialistas y con enfermizo afán de poder asesinaba al legítimo presidente y retenía el poder casi tres décadas, sin que los celosos custodios de la libertad —Estados Unidos— lo acusaran de dictador, asesino y peligro para la "estabilidad regional".

Cuando en 1994, el gobierno de Mobutu Sese Seko fue depuesto por el ejército comandado por Laurent Desiré Kabila, comenzó la contrariedad con los imperialistas, no porque el pueblo protestara la fuga de Mobutu hacia Marruecos, sino porque los extensos recursos naturales del país estaban en manos "poco confiables".

Igual sucede ahora. El gobierno auténtico de Joseph Kabila, hijo del anterior presidente, asesinado en enero de 2001 por uno de sus guardaespaldas, prevé acercamientos económicos y comerciales con China y eso no les conviene a los norteamericanos ni a los europeos, que han saqueado por años una nación tan rica, poseedora, entre otros valiosos y exclusivos recursos, de un mineral considerado la llave de la nueva tecnología: el coltán.



El coltán, metal extremadamente dúctil y maleable que al refinarlo se transforma en tantalio —un polvo resistente a fuertes cargas eléctricas, es muy utilizado en la fabricación de teléfonos celulares.

Sus grandes yacimientos en el Congo les hacen la boca agua a poderosas multinacionales y estados que ante el riesgo de la relación congoleño-china han puesto de nuevo en práctica su fórmula más socorrida para no compartir nada de lo que consideran propio: desestabilizar el país, convertirlo en un caos.

En muchos trabajos periodísticos acerca del actual conflicto se resaltan la ascendencia tutsi del renegado general Nkunda y sus reiteradas denuncias de la inoperancia del gobierno de Kabila para controlar a los remanentes hutus rwandeses que asolan la frontera este con sus asesinatos y robos a los tutsis.




Así, se manipula deliberadamente la huella de un genocidio que costó cientos de miles de vidas en Ruanda, en 1994, por el enfrentamiento entre ambas etnias, y se establece la percepción de que Nkunda es un campeón defensor de los derechos de los tutsis y el conflicto en el Congo, un exabrupto étnico, cuando realmente es el fruto de la maquinación de las grandes potencias para preservar su control sobre los recursos del territorio.

A sabiendas de eso, resultan poco creíbles los "esfuerzos pacificadores" de países como Gran Bretaña y Francia, con tantos intereses en el escenario donde 17 mil cascos azules (fuerzas de la ONU) no han podido detener la violencia y la anarquía que señorea en el país.

Mientras, el tronar de las armas continúa, más de un millón de desplazados van en busca de la seguridad perdida entre el fuego cruzado de los contendientes y fuera del Congo las compañías del negocio de los celulares planifican nuevos crecimientos.

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