lunes, 6 de septiembre de 2010

LLEGARON.VIERON. PERDIERON y ahora dicen que ganaron...

¿Ganamos en Iraq? ¿Dónde están las porristas?

Después de siete y medio años, el presidente Obama parece estar poniendo al día el pronunciamiento de su predecesor republicano del 1 de mayo de 2003: “Misión Cumplida –Irak Aún Destruido”.
Bush todavía recibe apoyo del efusivo David Brooks. “Muchos liberales nunca se hubieran preguntado por qué estaban equivocados acerca del aumento de tropas en Irak mientras George Bush tenía tanta razón. La pregunta era demasiado incómoda”. (NY Times, 23 de agosto de 2010.)
Brooks debió haberse avergonzado por un artículo que el día anterior había comparado favorablemente a Irak con Venezuela porque tenía menos asesinatos. (Simón Romero, “Venezuela Más Mortífera que Irak, Se Preguntan Por Qué”.)

Sin embargo, otros análisis más serios indican que la invasión y ocupación norteamericana de Irak ha convertido a un pueblo que una vez estuvo integrado como nación y gobernado por un brutal matón nombrado Saddam Hussein en partículas virtuales lanzadas en una centrífuga política.

El 25 de agosto, dos días después de que el Times aprobara la tasa de homicidios de Irak, el periódico reportó que los supuestamente derrotados “insurgentes” –por la exitosa marea de Bush— habían atacado 13 ciudades iraquíes, desde Basra en el Sur a Mosul en el Norte. Dispararon, lanzaron bombas y minaron. Por supuesto, los cadáveres no fueron resultado de asesinatos comunes, como los de las ciudades venezolanas. Los familiares de los muertos se consolarán con este hecho mientras tratan de sobrevivir en la nación antaño integral, destrozada en la cruzada para neutralizar las inexistentes armas de Destrucción Masiva y para construir la democracia.

Mientras los mendaces embaucadores parlotean acerca de la tontería de la “marea exitosa” –“Tengan paciencia: también funcionará en Afganistán”— los iraquíes absorben el significado de “democracia”. Las tribus en pugna (partidos políticos) no pueden ponerse de acuerdo para formar gobierno. El pueblo que una vez se llamó iraquí ahora descubre que ha sido rebautizado y separado en subdivisiones –marcas de chiíes y suníes, cristianos y kurdos-- y forzados por invasiones y mareas a vivir en comunidades segregadas unas de otras.

Las mareas, como Brooks, tienden a omitir unos cuantos factores cuando dicen: “Bush tenía razón”. Por ejemplo, una guerra ilegal y no provocada causó cientos de miles de muertos y un incalculable nivel de destrucción. ¿O es que Brooks circunscribe su opinión de éxito a una sola pregunta?: ¿funcionó la marea?

Sí, Bush envió a Irak a soldados norteamericanos adicionales y simultáneamente sobornó a algunos “insurgentes” para que no combatieran contra los norteamericanos. Sin embargo, una vez que las tropas de combate de EE.UU. se marcharon y terminaron los sobornos, los “derrotados insurgentes” resurgieron.

Compárense las tonterías de Brooks y la estupidez de Romero con la evaluación del veterano corresponsal Robert Fisk acerca de llevar la democracia a Irak. “Los millones de soldados norteamericano0s que pasaron por Irak han llevado la plaga a los iraquíes. Desde Afganistán llevaron la infección de Al Qaeda. Llevaron la enfermedad de la guerra civil. Inyectaron a Irak con la corrupción a gran escala. Acuñaron a Abu Ghraib con el sello de la tortura –digna sucesora de la misma prisión bajo el vil gobierno de Saddam”.

Fisk, un veterano reportero de los asuntos de la región, observó que “los bombarderos suicidas… de Irak... convirtieron a los soldados norteamericanos de hombres que combaten en hombres que se ocultan. De todas maneras, están ocupados ahora en reescribir la historia. Hasta un millón de iraquíes están muertos. A (Tony) Blair no les preocupan nada... ni a la mayoría de los soldados norteamericanos. Llegaron. Vieron. Perdieron. Y ahora dicen que ganaron. Los árabes, que sobreviven con seis horas de electricidad al día en su lóbrego país deben estar deseando que no haya más victorias como esta”. (Independent, 20 de agosto.)

Sus palabras fueron un eco de mi experiencia hace siete años. En septiembre de 2002, un mercader iraquí en las afueras de Bagdad me suplicó, como si yo tuviera acceso especial al Presidente Bush: “Por favor, no vengan con tropas. Saddam está viejo. Sus hijos son unos tontos incapaces de gobernar. Sean pacientes. Saddam pronto morirá. Mejores personas lo reemplazarán. Si Estados Unidos invade, la consecuencia será el horror”.
Lamentablemente tenía razón. En las décadas anteriores a la invasión norteamericana de Irak. “el porcentaje de la población urbana que vivía en barrios insalubres estaba en poco más de 20 por ciento. En la actualidad esa cifra ha aumentado a 53 por ciento: once millones del total de 19 millones de pobladores urbanos”. (Foreign Policy in Focus.)

A fines de septiembre de 2002, Sonia Angulo y yo filmamos en el centro de Bagdad (Irak; voces de la ciudad). Las luces brillaban. Los aires acondicionados susurraban en los hoteles. Otros iraquíes que hablaron con nosotros estaban de acuerdo con el mercader: “Ya hemos visto demasiada guerra”, dijo un vendedor de suvenires. “Ya no vienen turistas”.

La guerra no ayuda a los negocios”, le dije con comprensión.
Hizo caso omiso de mi comentario. “Mi hermano murió en la guerra con Irán. Otro hermano fue herido en la primera guerra del Golfo”. Nos pidió que apagáramos la cámara. “¿No han aprendido ustedes la lección de Viet Nam? Las guerras no traen buenos resultados. Vean lo que le sucedió a Alemania y a Japón por causa de Hitler y de Tojo. Vean cuán difícil fue para los presidentes de EE.UU. marcharse de Viet Nam”. Temían como nosotros que George W. Bush no tuviera --¿tuvo alguna vez?—una disposición a aprender.

Obama ha sido lento en reducir la presencia combativa de EE.UU. Y cuando lo hizo la violencia ha escalado. Una vez más, no aprendemos la lección de la guerra. Oigan, solo ha sido así durante varios miles de años.

Fuente: Calfcultura, Pasquín de Radio Bemba

Autor: Saul Landau

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