domingo, 18 de septiembre de 2011

EL CUENTO DE LA SEMANA:REBELDES Y TERRORISTAS


El trastoque del mundo pasa por el mal uso de las palabras. Ya a los mercenarios les dicen « rebeldes » y a los guerrilleros –esos sí verdaderos rebeldes- les dicen « terroristas ». Pero ni uno ni otro cambian su naturaleza porque los llamen de una u otra manera.




En Libia hay un bombardeo indiscriminado de la OTAN y Estados Unidos y meten 5.000 mercenarios –soldados que pelean por la paga- para hacer crecer una insignificante « oposición » que nunca pudo ganarse el corazón y las mentes de los libios. La OTAN bombardeó una gran franja de Trípoli –sin importar si mataba niños, ancianos, mujeres, hombres, inocentes- para que los mercenarios entraran a la capital.




Ahora lo que viene es la fase de « consolidación » de los mercenarios, que por arte de magia los llaman y se llaman a sí mismos « rebeldes ». Resulta que uno de esos rebeldes sale en la TV mundial hablando y dice que « él es un civil », pero porta un AK-47. La guerra mediática no ha dejado de martillar en la mente de los ciudadanos del mundo sobre el « dictador » libio, un dictadir que tenía viviendo a su pueblo con el nivel de los pueblos europeos. Ahora llegan la OTAN y los gringos a llevarles « democracia » al pueblo libio, la cual significará baja en su estándar de vida y carencias de todo tipo. Amén de crisis económicas que es lo que mueve a estos paladines de la libertad.




Los « mercenarios-rebeldes » les va a tocar « bailar con la más fea ». Tendrán que « consolidar » en tierra lo que hizo la OTAN en el aire. Y ahí si el chicharrón es mayúsculo. Algunos analistas dan su pronóstico reservado sobre quién al fin se impondrá en Libia. Incluso ya están tratando de adivinar quiénes son los « rebeldes-mercenarios ». Ojalá la cosa no les resulte como con los Talibanes.




En Colombia hay unas guerrillas que luchan desde 1964 por un cambio de estructuras y de régimen en ese país. Los calificativos usados por la oligarquía nativa –arrodillada al imperio estadounidense- han pasado de « bandidos », « comunistas come niños », a « narcotraficantes » y últimamente a « terroristas ». Así ls cosas, vemos a JM Santos hablar en el sur de América del Sur de los « terroristas » de las FARC y el ELN, pero ha olvidado las veces que se ha sentado a manteles con esos « terroristas ».




Y quizá lo más importante, cuántas veces más tendrá que hacerlo si tiene « realismo político » como dicen sus propagandistas que tiene, ya lo que se ve es que a las guerrillas no han podido acabarlas. Y eso que gastaron más de 15 mil millones de dólares en la guerra y en los diez años del Plan Colombia las FARC solitas les ha producido alrededor de 50 mil bajas en combate (un promedio de 5.000 anual multiplicado por 10 años). Tal número de bajas no se han producido ni en Irak y al constatarlas se entiende por qué los analistas y otras voces autorizadas hablan del fracaso del Plan Colombia.




En ambos casos, luchamos porque la Paz se imponga por encima de los intereses mezquinos de los imperialistas y que los dos pueblos logren su ansiada liberación. Mientras, como la naturaleza de los « rebeldes » ni de los « terroristas » cambia por la forma en que los llamen, tendremos que acomodarnos a ese lenguaje mundial impuesto por el imperialismo y entenderemos que un « terrorista » es un luchador popular que lucha por su vida y por la liberación de su pueblo, y que el « mercenario-rebelde » es un soldado que se alquila para pelear por otros y lo importante es el sueldo que le paguen.




EL VALOR DE LAS PALABRAS




En las últimas elecciones un candidato repetía sin cesar que la vida humana es sagrada y que el tesoro público no puede ser saqueado.




Era una manera moderada o prudente de denunciar que el Estado había sido cómplice del asesinato de inocentes para presentarlos como criminales y que el gobierno había desviado grandes recursos en forma de subsidios para ricos.



Es motivo de escándalo que haya crímenes tolerados por el Estado y que la corrupción se lleve los recursos de los ciudadanos, pero también que haya que recordarle a la sociedad que esas cosas no pueden pasar. 


Resignarse a repetir verdades elementales reduce la política a su mínima expresión, pues no hay labor más ingrata que tener que repetir lo que todos deberían saber, o lo que todos saben y fingen ignorar.




¿La ciudadanía necesita esas lecciones? Hace años algún funcionario aceptó que se pusiera en un lugar visible del Cementerio Central la noticia de que no se debe matar a los niños. ¿No causa espanto que haya que decir ciertas cosas? ¿No causa espanto que algunos finjan no entenderlas? Si la sociedad ha llegado a tal grado de insensibilidad que hace necesarios esos mensajes, hay que dudar también de que esos mensajes sirvan para algo.



Ciertos usos del lenguaje perpetúan la violencia, porque antes que denunciar el horror nos acostumbran a él. Se habla, por ejemplo, de “limpieza social”. Palabras inocentes que encubren cosas espantosas: asesinatos, persecuciones, infamias. Recientemente se habló de “falsos positivos”. Esos nombres asépticos disuelven los horrores que nombran. El término “paramilitares” no resultó bastante neutro para hablar de descuartizadores de campesinos inermes y se redujo a “paras”. Otras veces emerge la jerga jurídica: se habla de “ejecuciones extrajudiciales”, como si, no existiendo la pena de muerte legal, todas las ejecuciones no fueran extrajudiciales. 


El espionaje criminal termina convertido en pintorescas “chuzadas”. Todo entra en un sistema: los homicidios son “bajas”, los secuestros extorsivos se llaman “paseos millonarios”, los asaltos criminales de la guerrilla se llaman “pescas milagrosas”.




Nos acostumbramos a esa terminología eufemística. Un expresidente, que en su tiempo desestimó las denuncias por asesinatos oficiales presentados como trofeos de guerra, se permite preguntarse si las actuales denuncias contra sus funcionarios por subsidios fraudulentos y espionaje ilegal no serán “falsos positivos”. Y después de presentarse como aguerrido luchador por la seguridad y la justicia, e implacable perseguidor de delincuentes, no duda en declarar, contra los jueces, que las investigaciones son una conspiración contra su gobierno.




¿Quieren acostumbrarnos a que las palabras no tengan valor? Niegan lo que los perjudica, afirman lo que les conviene. Si organismos que estaban bajo directa responsabilidad del ejecutivo hacían espionaje para favorecerlo, él no se daba cuenta jamás. Si el Ministerio de Agricultura repartía el presupuesto de modo fraudulento, sus funcionarios seguían siendo gentes de su entera confianza. Si un jefe del DAS entregaba información de los ciudadanos a los criminales, el funcionario seguía siendo alguien en quien él confiaba plenamente. Y de sus propios hijos, ¿cómo dudar?




Lo sabía todo de la oposición y la denunciaba sin tregua, pero no sabía nunca qué hacían sus amigos y sus hijos, ni acepta ahora que la justicia los investigue. Y todo viene envuelto en un lenguaje de fingida mansedumbre que muchos creeríamos, si no conociéramos al varón tremebundo que polemizaba a gritos en las calles, y cuyo índice acusador casi se ha convertido en el símbolo de una época.




Antes se decía que la ley, por dura que sea, es la ley. Ahora el dictamen de los jueces nunca vale, es recibido con recelo y descalificado; la opinión del acusado sobre sus propios hechos y los de sus amigos, es proclamada con arrogancia como el juicio final. Hasta en el banquillo creen ser los jueces; si la ley los reprueba, tiene que estar equivocada. Esa manera de ser es muy antigua, lo nuevo es que antes se la consideraba al margen de la ley, ahora pretende ser la voz de la sociedad.
No es a la gente humilde e iletrada a quien hay que explicarle qué está bien y qué está mal en el manejo de los asuntos públicos.


Por William Ospina
Enviado por El Pasquín de Radio Bemba

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